Fútbol, Política y Algoritmos
¿Qué tendrán que ver el fútbol, la política y los algoritmos? Ahorita, mucho. Tres jugadores de la Selección Colombia tomaron partido político y el país se partió también en las tribunas. Pero el hallazgo de esta audiocolumna está en otro lado: en las publicaciones deportivas, donde las granjas de bots no tienen interés en meterse, se alcanza a ver lo que la gente realmente opina. Y mientras en Colombia las casas de apuestas ni siquiera pagan IVA, en Brasil acaban de prohibirlas de un plumazo.
Fútbol, política y algoritmos. Tres cosas que parecen no tener nada que ver entre sí y que, en este momento del país, están más entrelazadas que nunca. Esta audiocolumna las conecta a partir de un hecho concreto: que varios jugadores de la Selección Colombia —Luis Díaz, Yerry Mina y Juan Guillermo Cuadrado entre ellos— tomaron partido públicamente por Abelardo de la Espriella. Y a partir de ahí se abre un análisis que termina en un lugar inesperado: en la decisión que acaba de tomar Lula da Silva sobre las apuestas deportivas.
El punto de partida es una convicción que el autor defiende sin ambigüedad: la Selección no debería tomar partido. Es lo único que nos unía. Y él lo sostiene con su propia hoja de vida como hincha —cuenta que fue tres veces al estadio en Barranquilla, con presidentes por los que no votó, y que nunca fue allá a arengar contra ninguno—. Esa es la coherencia que le reclama a los jugadores y a las tribunas.
TIEMPO 01 · LA SELECCIÓN
Lo único que nos unía y también lo partieron
El argumento central es de principio, no de bando. 00:30 Para Ivandetta, politizar la Selección es un despropósito venga de donde venga: «estamos hablando de un bien superior, que es Colombia, independientemente del presidente». Y lo respalda con su propia experiencia: en el 3-3 de 2013 que nos clasificó al Mundial no se gritó contra Santos; en el partido contra Paraguay de 2018 no se gritó contra Duque; en el Colombia-Ecuador de 2024 tampoco. Nadie llevó la política a la tribuna. Eso cambió cuando en Barranquilla empezaron las arengas contra el presidente de turno.
De ahí viene el reproche a los jugadores por los gestos hacia el entonces presidente Gustavo Petro en una despedida protocolaria. 04:31 La posición del columnista es consistente: los jugadores deberían hacer buena cara ante cualquier presidente, sea quien sea, aunque solo fuera por no ahondar una división que ya es suficiente. Y en el caso de Luis Díaz añade una nota de contexto: viene de una de las zonas más pobres de La Guajira, un departamento donde el gobierno anterior invirtió en energía, agua potable e infraestructura educativa —aunque de eso, señala, los grandes medios prácticamente no informaron—.
El contraste que revela el doble raseroEl apunte más agudo de esta sección no es sobre los futbolistas, sino sobre la tribuna. El columnista recuerda haber visto en la occidental del Metropolitano a figuras políticas señaladas en escándalos de corrupción —la exministra Karen Abudinen entre ellas—, paseándose sin que nadie les reclamara nada. Y contrasta eso con el trato que recibe en redes alguien como Gustavo Bolívar, sin procesos de corrupción encima.
La pregunta que deja flotando es sobre nosotros, no sobre ellos: ¿a quién decidimos abuchear y a quién decidimos aplaudir?
Y una incoherencia de fondo que el autor señala y que vale registrar: el mismo gobierno que usó la simbología de la Selección para hacer campaña —la camiseta, los jugadores, el ambiente futbolero— después le recortó el presupuesto al deporte. Se usa el fútbol para ganar votos y luego se desfinancia lo que lo sostiene.
TIEMPO 02 · EL ALGORITMO
La zona donde los bots no entran
Aquí está el hallazgo más original de toda la audiocolumna, y merece ser leído con atención porque es un método, no una queja. 07:52
La observación es esta: cuando los tres jugadores publican algo relacionado con política, aparecen de inmediato las cuentas que los defienden y que insultan a quien los critica. Pero cuando publican contenido estrictamente deportivo —una foto de un partido, un mal momento, una lesión—, esas cuentas no aparecen. Y lo que queda a la vista, en los comentarios de las páginas de fútbol, es una avalancha de reproches y de burlas sin nadie que salga a contrarrestarla.
— Ivandetta · Min 07:52
La conclusión que el autor extrae es potente: si el apoyo fuera orgánico, estaría en todas partes. Que aparezca solo en el terreno político y se evapore en el deportivo sugiere que buena parte de ese respaldo se fabrica donde interesa y no existe donde no interesa. Las páginas de fútbol se convierten así, sin proponérselo, en una especie de zona de control: el lugar donde se puede medir la opinión real, precisamente porque nadie invirtió en manipularla.
A eso suma una crítica al funcionamiento mismo de las plataformas. 16:20 Describe cómo Facebook dejó de ser un espacio para ver lo que publican los conocidos y pasó a inyectar en el muro contenido de páginas que el usuario nunca siguió, con una orientación política marcada. No es que uno escoja qué ver: es que la plataforma decide por uno.
⚠ Un matiz necesarioEl columnista menciona también sus dudas sobre el resultado electoral, aunque aclara expresamente que ese no es el objeto de esta columna. Conviene separarlo: una cosa es documentar que hay operaciones coordinadas de amplificación en redes —algo constatable y que este espacio ha analizado varias veces— y otra distinta es inferir de ahí un fraude en el conteo de votos. Lo primero está a la vista de cualquiera que revise los comentarios; lo segundo requiere pruebas que no se han presentado ante ninguna autoridad.
El cierre de esta sección lo hace con el caso de James Rodríguez, cuyo bajón deportivo coincidió con su exposición pública junto a figuras políticas. El propio autor lo plantea medio en broma —habla del «aura» y de las energías—, y así conviene tomarlo: como una superstición de hincha, no como un argumento. Aunque el punto serio que queda debajo sí es real: el jugador que se casa con una causa política paga un costo reputacional que el político no paga por él.
TIEMPO 03 · LAS APUESTAS
Lula: «O sacamos el tumor, o el tumor nos mata»
Y aquí la columna da el giro que le da sentido al título. 11:19 El contexto noticioso confirma la noticia al detalle: el viernes 25 de septiembre de 2026, a nueve días de la primera vuelta de las elecciones brasileñas, Lula da Silva firmó la Medida Provisoria 1.394, que prohíbe explotar, ofertar, intermediar y publicitar apuestas deportivas y casinos en línea en todo el territorio nacional.
Las palabras con las que la defendió son exactamente las que cita la columna: «He tomado una medida necesaria, dura y drástica. Esto es como el cáncer: o extirpamos el tumor, o el tumor nos matará». Y añadió una comparación que explica la urgencia: dijo que el fenómeno le recordaba el comienzo del crack en Brasil, pero a una escala superior, porque es digital y está al alcance de la mano.
| Dato | Cifra |
|---|---|
| Tamaño del mercado | 410.850 millones de reales (unos 79.000 millones de dólares) movidos solo en el primer semestre de 2026 |
| Alcance del problema | Más de 10 millones de personas con patrón de juego problemático, según el Ministerio de Salud |
| Empresas afectadas | 85 operadores autorizados pierden su licencia sin indemnización |
| Impacto en el fútbol | 15 de los 20 equipos de la Serie A tienen casas de apuestas como patrocinador; la CBF recibe unos 14 millones de dólares anuales por la marca en el nombre de sus torneos |
| Calendario | Retiro de saldos hasta el 5 de octubre; plataformas fuera de servicio el 6. El Congreso tiene 120 días para ratificarla |
Y hay que consignar también las objeciones, porque el debate es real y no de un solo lado. Los grandes clubes brasileños protestaron por la pérdida de ingresos publicitarios —Flamengo estima que pierde unos 80 millones de dólares— y la oposición calificó la medida de electoralista por su oportunidad en el calendario. Lula respondió recordando que los clubes brasileños ganaban títulos mucho antes de que existieran esos patrocinios.
El contraste colombianoMientras Brasil prohíbe, en Colombia el debate ni siquiera ha llegado a la casilla de salida. La columna recuerda que ni siquiera prosperó el intento de ponerle IVA a las apuestas en línea en la reforma tributaria del gobierno anterior. Y la previsión del autor es que el gobierno actual tampoco lo hará: que la carga tributaria que viene no recaerá sobre ese negocio ni sobre los más ricos, sino sobre la clase media y la clase trabajadora.
TIEMPO 04 · EL AMAÑE
Lo que ve un apostador que dejó de apostar
La parte más personal de la columna es también la más útil como advertencia, porque el autor habla desde adentro: cuenta que apostó durante años, que llegó a mover apuestas de un millón y medio de pesos, que tuvo rachas buenas y también pérdidas, y que terminó dejándolo. 13:25
Su diagnóstico sobre por qué lo dejó tiene dos partes. La primera es comercial: las cuotas se deterioraron con la masificación de las plataformas; lo que antes pagaba bien —el gol visitante, las líneas de córners— ya no compensa. La segunda es más grave: para él, hoy el fútbol de categorías menores no es confiable.
El mecanismo que describe es el que preocupa a los organismos internacionales desde hace años: equipos con sueldos atrasados y jugadores a los que les deben plata son terreno fértil para el amaño. Y con las plataformas globalizadas, alguien en otro continente puede apostar sumas enormes a un partido de segunda o tercera división latinoamericana, mientras arreglar ese partido cuesta una fracción de lo que se gana. El desequilibrio entre lo que se puede ganar afuera y lo que cuesta comprar adentro es, precisamente, lo que hace rentable la corrupción deportiva.
⚠ Sobre los partidos que mencionaEl columnista relata dos partidos del fútbol colombiano que le resultaron sospechosos como apostador —uno de 2021 y otro de 2004— y también menciona el reciente Sassuolo-Juventus en Italia. Conviene ser claros: se trata de impresiones personales de quien apostó, no de hechos establecidos. Ninguno de esos encuentros ha sido declarado amañado por una investigación disciplinaria o judicial, y los clubes y jugadores involucrados mantienen intacta su presunción de inocencia. Lo que sí es un hecho verificable, y es el punto de fondo, es que el amaño de partidos vinculado a apuestas es un fenómeno documentado a nivel mundial, que la propia Juventus tiene antecedentes históricos en el Calciopoli, y que en Colombia no existe prácticamente ningún mecanismo público de investigación de estos casos.
Sobre la ludopatía, el autor hace la definición y el desmontaje. 22:01 Describe el problema como la necesidad de apostar cantidades crecientes para sentir la misma emoción, y desmonta un mito muy extendido: el de la gente que cuenta cuánto ganó y nunca cuánto perdió. «Al final la casa gana», resume. Y añade un argumento que no depende de si a uno le duele o no la plata: tres millones puestos en un negocio propio rinden; tres millones puestos en un partido, no. Aunque haya suerte, el retorno esperado juega en contra.
El cierre de la audiocolumna se sale del fútbol y apunta a algo más amplio: el valor del tiempo. Noventa minutos gastados en un partido malo —o posiblemente arreglado—, hora y media en una película que ya se sabe mala, son minutos de vida que no vuelven. «Cada minuto la vida se extingue», dice. Y lo aplica también a su propio trabajo: graba estas columnas entregando su tiempo a quien lo escucha.
Línea editorial
Cuando lo único que nos unía también se vuelve trinchera
Hay un valor en el punto de partida de esta columna que conviene reconocer, porque no es la posición cómoda: el autor se declara antiuribista y aun así dice que nunca fue al estadio a gritar contra Uribe, ni contra Santos, ni contra Duque. Esa es una vara que se aplica a sí mismo antes que a los demás, y por eso su reclamo a los jugadores de la Selección tiene fuerza. La Selección no es de un gobierno ni de un partido: es el último espacio simbólico donde un país partido en dos todavía cabía completo. Que tres de sus figuras hayan tomado partido y que las tribunas hayan empezado a arengar contra presidentes —del color que sean— no es una anécdota deportiva: es la confirmación de que ya no queda nada afuera de la trinchera.
Pero el aporte más valioso de esta audiocolumna es otro, y es metodológico. La observación de que las cuentas que defienden a esos jugadores aparecen cuando el tema es político y desaparecen cuando el tema es estrictamente deportivo es una manera brillante de medir lo que normalmente no se puede medir. Si el apoyo fuera espontáneo, no tendría horario ni sección. Que solo exista donde hay interés en que exista dice más sobre la naturaleza de ese respaldo que cualquier encuesta. Y de paso le da al lector una herramienta práctica: si quiere saber qué piensa la gente de verdad, váyase a los comentarios de las páginas donde nadie está pagando por manipularlos.
Sobre las apuestas, lo que hizo Lula obliga a mirarnos. Brasil prohibió un mercado que movió setenta y nueve mil millones de dólares en seis meses, asumiendo el costo político de enfrentarse a los clubes, a las marcas y a los ídolos que les hacen publicidad, y lo justificó con una cifra del Ministerio de Salud: más de diez millones de personas con un patrón de juego problemático. Aquí, en cambio, ni siquiera fue posible cobrarles IVA. Se puede discutir si prohibir es la herramienta adecuada o si convenía regular más duro —ese debate es legítimo, y las objeciones de los clubes brasileños no son frívolas—. Lo que no se puede discutir es que en Colombia no hay debate en absoluto: hay publicidad de casas de apuestas en cada transmisión, y ningún dato público sobre cuánta gente está hundida en eso.
Y queda la advertencia sobre el amaño, que este espacio recoge con la prudencia que exige: lo que el columnista relata son sospechas de quien apostó, no hallazgos probados, y los equipos y jugadores que menciona conservan íntegra su presunción de inocencia. Pero el mecanismo que describe sí está documentado en todo el mundo y es de una lógica implacable: mientras existan divisiones con sueldos atrasados y plataformas globales donde alguien puede apostar millones a un partido que aquí se compra con mucho menos, el incentivo va a estar ahí. Colombia no tiene una unidad seria de integridad deportiva que investigue esto, y esa ausencia no protege a nadie —ni a los clubes, ni a los jugadores honestos, ni al hincha que pone su plata—. Aquí no se hace porra de ningún lado, y por eso cerramos con lo que cierra el propio autor: el tiempo de cada quien vale, y decidir en qué se gasta —y a quién se le entrega la atención— es la última soberanía que nadie nos puede quitar.
Adendas de la audiocolumna
Apuntes y contexto




