Laureano Gómez Gobierna En 2026
Por Monica O.
El laureanismo siempre permaneció ahí, latente, impune. Sus doctrinas retardatarias nunca desaparecieron del todo; gracias al Frente Nacional se atenuaron con el tiempo, pero varios de sus símbolos perduraron como el monumento a este en la Diagonal 92 con transversal 20 de la ciudad de Bogotá. Con el paso de las décadas y la tenue enseñanza de la historia en el sistema educativo colombiano, el laureanismo ha regresado renovado, adaptado al contexto geopolítico actual, y conservando muchos de los elementos fundamentales de la ideología de ultraderecha que lo caracterizó.
Plaza Laureano Gómez en Bogotá. (Fotografía de Avimont)
Busto de Laureano Gómez vandalizado (Fotografía de Twitter X)
Laureano Gómez, a quien se llegó a apodar «El Monstruo», fue el líder más importante del radicalismo conservador y presidente de Colombia entre el 7 de agosto de 1950 y el 7 de noviembre de 1951. Se apartó del cargo por enfermedad, pero su poder e influencia se mantuvieron vigentes hasta 1953 a través de Roberto Urdaneta Arbeláez. Cuando intentaba retornar a la presidencia, fue depuesto el mismo día por un golpe de Estado liderado por el general Gustavo Rojas Pinilla. Como líder reaccionario frente a las reformas planteadas por Alfonso Gómez Pumarejo, hizo famosa su proclama de hacer «invivible la república».
Su proyecto político, inspirado en el fascismo italiano de Mussolini y la dictadura militar de Francisco Franco, planteaba varios ejes: un modelo de Estado corporativo y confesional ultracatólico, en donde predomina la entrega de la república a los intereses corporativos y un control social a través de la doctrina religiosa católica; una retórica de la exclusión basada en el odio al comunismo y al liberalismo; alianzas con las élites tradicionales, a las que llamó la «Sagrada Alianza»; un culto a la autoridad; un retorno al conservadurismo más recalcitrante después de los gobiernos liberales, y un sometimiento total a la agenda de los intereses extranjeros.
Durante su influencia política se conformó un ejército paramilitar conocido como los Chulavitas, cuyo nombre proviene de la vereda Chulavita, en el municipio de Boavita, Boyacá, donde se reunieron por primera vez. Estos «pájaros», como también se les llamó, eran un actor social de control político y territorial, un paramilitarismo primario inspirado en la tercerización de la violencia, similar al modelo de las camisas negras de Mussolini. Se calcula que alrededor de 300 mil personas fueron víctimas del chulavismo que obedecía a los planes de eliminación de todo aquel considerado liberal o comunista. Los métodos fueron atroces: el corte de corbata, las masacres generalizadas que incluían la extracción de fetos de los vientres de mujeres campesinas a machetazos.
Fue Laureano Gómez quien, como presidente en 1951, envía un batallón de colombianos a la guerra de Corea, único país en Latinoamérica en realizar este tipo de transacción como acto de alineación total al bloque de los EEUU en los inicios de la guerra fría.
Esa huella de sangre y horror quedó grabada en la memoria colectiva del país. Durante las décadas de los 70, 80 y parte de los 90, el nombre de Laureano Gómez seguía siendo sinónimo de autoritarismo, persecución y muerte. Su sombra era tan alargada y pesada que ni siquiera su hijo, Álvaro Gómez Hurtado, pudo desprenderse de ella. A pesar de ser un político de peso, con carrera propia y una inteligencia reconocida, arrastró siempre el lastre del apellido y la imagen negativa de su padre. Por eso, cuando intentó llegar a la presidencia, el fantasma de «El Monstruo» se interpuso en su camino. Ni siquiera su célebre llamado a un «Acuerdo sobre lo fundamental», con el que buscaba tender puentes y reconciliar a los colombianos en torno a principios básicos, logró borrar la desconfianza que despertaba su origen familiar. El país de aquellos años no estaba dispuesto a repetir la historia, y Álvaro Gómez Hurtado nunca pudo reponerse de esa condena heredada.
Como los virus que primero asolan en pandemias, que luego vuelven a estar inactivos en la naturaleza y regresan más fuertes para matar, asi es el Laureanismo que estuvo inactivo décadas, mantenido por sus herederos, la familia Gómez. Ese ideario que parecía dormido en las páginas de la historia o reducido a una simple estatua en un parque bogotano, nunca desapareció realmente. ¿La razón? Nunca hubo un juzgamiento a los cientos y miles de crímenes cometidos bajo el discurso violento del extremismo del partido conservador, nada que se asemejará al tribunal de Nuremberg que juzgó los crímenes atroces de los nazis. No hubo ejercicios de memoria, no se reconstruyó la verdad, no se señaló a los responsables. Por ende, regresa gracias a los pactos de silencio y olvido entre las élites políticas de la época en el Frente Nacional. A cambio de estabilidad, se sacrificó la justicia. Y así, sin condena ni memoria, el laureanismo no fue derrotado, solo aplazado. Y gracias al retorno del fascismo en la escena internacional por la crisis del capitalismo, regresa adaptado al momento de la política actual.
En 2026, con la elección de Abelardo de la Espriella como presidente de Colombia, el laureanismo no solo resucita como doctrina, sino que se instala en el centro del poder. Detrás de él, como sombra tutelar y artífice ideológico, se encuentra Enrique Gómez quien en 2021 gracias a una resolución del CNE, se le devolvió la personería jurídica del movimiento Salvación Nacional, producto del reconocimiento como crimen de lesahumanidad de su tío Álvaro Gómez, quien fuera asesinado el 2 de noviembre de 1995.
Enrique Gómez, abogado y economista, quien cabalga a través del neofascismo intercontinental del siglo XXI, trae de nuevo a la agenda nacional el viejo lenguaje y formas que caracterizaron el laureanismo de la mitad del siglo XX, por ende viejos proyectos como una constituyente que instaure el modelo de Estado Corporativo Confesional, pues hasta el “Estado de Derecho” de la constitución del 86 les parecía demasiado republicano, anhelo que no fue alcanzado por su abuelo, producto del golpe de estado del general Rojas Pinilla en 1953.
(Logotipo del partido Salvación Nacional)
Cabe aclarar que el nuevo ciclo fascista que vive el mundo viene con elementos aun mas peligrosos para la humanidad como es el uso de inteligencia artificial, nuevos métodos de fraude electoral, una propaganda de odio contra cualquier forma de humanismo aún más agresiva, una proliferación del evangelismo de las sectas cristianas y todo esto en medio de la crisis climática.
Enrique Gómez, quien se define a sí mismo como «laureanoalvarista», es en la actualidad el senador más cercano al presidente Abelardo de la Espriella (ADLE). Desde hace un par de años se ha consolidado como el ideólogo de cabecera del sector de la derecha que, en el ocaso político de Álvaro Uribe, buscó ganar las elecciones presidenciales y finalmente lo logró usando una agresiva campaña presidencial.
Pero la influencia de Enrique Gómez no se limita a la cercanía ideológica o al discurso: siendo ya senador en 2026, su poder se extiende hasta el corazón mismo del Ejecutivo. Su hijo fue nombrado en el Departamento Administrativo de la Presidencia de la República (DAPRE), y su hermano, Miguel Gómez, fue elegido ministro de Hacienda. De esta manera, Enrique Gómez se erige como el articulador principal entre el Senado y el gobierno de ADLE, tejiendo una red de poder familiar que garantiza que el laureanismo no solo tenga voz en el legislativo, sino que opere desde las entrañas del Estado y gobierne.
La visión ultraconservadora del laureanismo, en tan solo veinte días de gobierno, ya empieza a moldear la política pública. Por ejemplo, se han nombrado personas reconocidas por su agenda religiosa en cargos clave del sector educativo, como el SENA y el Ministerio de Educación, con el propósito de que la enseñanza no responda a los preceptos de un Estado laico, como dicta la Constitución de 1991, sino a un credo confesional. En materia económica y en la política pública territorial, se busca relegar al Estado a un mero rol de regulador, entregando a la empresa privada y a las grandes corporaciones la enorme responsabilidad de reconstruir las zonas afectadas por el terremoto del 10 de agosto. Al mismo tiempo, se impulsa la creación de «comités de seguridad ciudadana» que, en los hechos, evocan el fantasma de los Chulavitas de antaño, aquellos pájaros que sembraron terror y muerte en el campo colombiano, todo ello acompañado de un discurso virulento contra la izquierda. Por último, el sometimiento a los intereses extranjeros es total, reviviendo aquel episodio del Batallón Colombia en la guerra de Corea: el mismo día del terremoto, el gobierno colombiano reconoció la soberanía israelí sobre los Altos del Golán en Medio Oriente.
Columna de opinión de Monica O.
Visita nuestro canal en YouTube






