Petro Fracasó
Hoy Colombia tiene un nuevo presidente y mientras todos los micrófonos apuntan a Cali, hay algo que nadie está diciendo. Esta mañana, mientras se preparaba la posesión, un grupo de personas se concentraba en el Monumento a la Resistencia: el símbolo del estallido social de 2021, de esas calles de las que salió el gobierno que hoy terminó. Y esa imagen lo dice todo. Porque lo que se conquistó desde allí hoy quedó en la caneca, y la responsabilidad política es de Gustavo Petro y de Iván Cepeda.
Hoy Colombia tiene un nuevo presidente y mientras todos los micrófonos apuntan a Cali —el lugar donde se llevó a cabo la posesión—, en el Cuadrante Alfa queremos hablar de algo que nadie más está diciendo. Esta mañana, mientras se preparaba la ceremonia, un grupo de personas se concentraba en el Monumento a la Resistencia. Ese monumento es el símbolo del estallido social que inició en 2021 y que se materializó con la victoria de Gustavo Petro hace cuatro años. De esas calles salió el gobierno que hoy finalizó. Y esa imagen lo dice todo: lo que se conquistó desde allí, hoy está en la caneca.
Petro fracasó. Y no es una opinión lanzada al aire: es la aplicación de un criterio sencillo que este espacio ha sostenido siempre. Un gobierno se mide en su meta de lograr que sus políticas continúen. Estas no continuaron. El progresismo no se reeligió. Iván Cepeda también fracasó: se hizo candidato único cerrándole la puerta a otros sectores, y después hizo una campaña de fotocopias, sectaria y arrogante —sin debates, sin entrevistas, sin propuestas—. Perdió por 245.000 votos. ¿Qué tal si hubiera hecho campaña de verdad? Este es el balance que hoy no van a escuchar en otros canales.
Cómo se mide de verdad un gobierno
Antes de repartir responsabilidades hay que fijar la vara, porque de eso depende todo el análisis. 04:25 Un proyecto político no se mide por si hubo o no reelección presidencial —eso no está en discusión ni existe en Colombia—. Se mide por su éxito en catapultar hacia otro candidato, con nuevas fuerzas políticas, su propio proyecto y su continuidad. Es decir: ¿fue capaz esa fuerza de mantenerse en el poder a través de otra persona de su propio colectivo?
Con esa vara, el Cuadrante Alfa ha sido consistente en el tiempo, y conviene subrayarlo porque aquí no se hace porra de ningún lado. Iván Duque fracasó con ese mismo criterio: le asestó un golpe fuerte al uribismo y a la derecha, y por eso ganó Gustavo Petro. El gobierno de Duque fue un fracaso. Y hoy hay que aplicar la misma medida: el de Gustavo Petro también lo es.
— Andrés Balaguera · Min 05:03
Ese es el punto que no admite rodeos. Se podrán enumerar los logros sociales, la reforma laboral, lo que se quiera. Pero un gobierno se reelige en sus políticas o no se reelige, y este no lo hizo. Hoy gobierna la derecha de la mano de Enrique Gómez —el nieto de Laureano—, la gente de Salvación Nacional y el nuevo partido Defensores de la Patria. Ese es el resultado, y por ese resultado hay que responder.
Al fraude se le gana con votos: ya se demostró
El argumento con el que hoy se defienden es el del fraude, y aquí el programa hace la distinción más importante de todo el análisis. 09:35 No se trata de negar que existan factores de fraude, injerencia externa o presión económica. Todo lo contrario: siempre los ha habido. Hubo hace cuatro años, hubo hace ocho, y siempre ha existido intervención de factores externos y económicos en la política colombiana.
El punto es otro, y es demoledor: hace cuatro años Petro superó todo eso con votos. Haciendo campaña, teniendo estrategia electoral, conectando con la ciudadanía, sabiendo a qué país le hablaba. Ganó contra todo pronóstico y contra las mismas condiciones adversas que hoy se invocan como excusa. Entonces la pregunta se responde sola: si en 2022 se pudo desde la oposición y sin recursos del Estado, ¿por qué no se pudo ahora, siendo gobierno y siendo el partido con más curules?
Y hay un dato que el programa subraya y que debería incomodar a los dos bandos. 11:02 Abelardo de la Espriella ganó la segunda vuelta sin superar el 50% de los votos. La Constitución establece que en el balotaje gana quien tenga más votos, y su elección es legítima; pero el hecho político es que llega sin una fuerza propia suficiente y necesitó alianzas con el Centro Democrático, Cambio Radical y otras fuerzas. Tanto que hablaban de «los nunca»: Abelardo se hizo elegir con los de siempre. Y aun así, contra un rival tan debilitado, la izquierda perdió.
Nombramientos y comunicaciones: el cierre de un gobierno
Si hay que hacer un cierre de lo que fue el gobierno Petro, dice el programa, es este. 13:05 Un gobierno que se equivocó en sus nombramientos y un gobierno que no acudió a las comunicaciones, dejando que la punta de lanza del relato recayera en la prensa opositora.
- Nombramientos: designaciones que le explotaron en la cara al propio presidente, de Alejandro Gaviria a los escándalos del final. Y después, el argumento de la traición: pero quien nombra responde.
- Comunicaciones: no hubo un sistema efectivo. El medio público se dedicó a retransmitir discursos en lugar de explicarle al país los logros, el bloqueo en el Congreso o los reveses ante la Corte Constitucional.
- Ejecución: nula en muchos frentes. Se puso a gente de la propia izquierda en ministerios clave y el resultado, dice el programa, no se vio.
- Política desde el cargo: el presidente se metió en campaña de forma abierta —algo que debe ser investigado—. El cargo no es para hacer política: es para ejecutar.
El punto de las comunicaciones es el que más le duele al análisis, porque ahí se perdió la batalla del relato. 31:15 El gobierno tuvo aciertos puntuales —desmovilizaciones y entregas de armas en ciertas regiones del sur del país, incluso a días de terminar—, pero nada de eso se comunicó. La gente no lo conoció ni lo entendió. Lo que sí se tragó entero fue la narrativa contraria: que el país estaba tomado, que la guerrilla mandaba, que todo era coca. ¿Dónde estuvo la fuerza comunicacional para controvertir esas narrativas? No existió. Y después se preguntan por qué la gente cree lo que cree.
Sobre la Paz Total, el programa reconoce el fondo pero critica la ejecución: la Constitución establece la paz como derecho y como deber de todo funcionario, empezando por el presidente, y siempre debe haber una mesa lista para el diálogo. Pero esos grupos no tenían vocación de paz, y quemar toda la gasolina política del primer año en esa apuesta —sin blindar ni fortalecer lo que sí se logró, como la reforma agraria— dejó al gobierno sin margen para el resto.
El candidato que quería la curul, no la presidencia
La tesis sobre Cepeda es la más dura del programa y viene sostenida desde hace semanas. 17:22 Para el Cuadrante Alfa, la meta de Cepeda nunca fue la presidencia: era llegar al Senado con la curul del opositor —la que la Constitución le otorga a quien queda segundo—. Por eso no se presentó a las legislativas del 8 de marzo. Se presentó a la presidencia, primero para hacerle el quite a los demás y ser el candidato único, cerrándole la puerta a otras fuerzas y a otras alianzas, y a personas que muy seguramente hubieran sido mejores candidatos.
El resultado está a la vista: una campaña con fotocopias, discursos larguísimos sobre el paramilitarismo y sobre Uribe, giras por las regiones sin bajarse de la tarima y sin llevar propuestas. Y la gente lo que quiere es escuchar soluciones. Mientras tanto, quien sí conectó con la ciudadanía fue Abelardo, con sus tarimas, sus videos generados con inteligencia artificial y su simbología del tigre. También, señala el programa, con recursos que llegaron desde afuera —de Estados Unidos y, según el análisis del canal, de intereses vinculados a un pequeño país de Medio Oriente cuya política exterior este espacio ha cuestionado—. La pregunta que deja Andrés: ¿el Pacto no sabía que eso estaba pasando? Claro que sabía. No hizo nada.
— Andrés Balaguera · Min 18:30
Y de ahí viene la crítica más severa al momento actual. Según el contexto noticioso, este 7 de agosto Cepeda encabezó desde Barranquilla los actos de la oposición llamando a la resistencia civil, mientras Aida Quilcué lideraba la concentración en el Monumento a la Resistencia en Cali. Para el Cuadrante Alfa, convocar a la gente a las calles sin haber asumido primero la responsabilidad por la derrota es pedirle al ciudadano que ponga el cuerpo por errores ajenos. La gente no tiene por qué ser carne de cañón para tapar lo que Petro y Cepeda no hicieron.
Sin autocrítica no hay regreso posible
Este balance no se escribe desde la orilla contraria. Este espacio ha sido implacable con Abelardo de la Espriella —con su juramento de lealtad a otra bandera, con su promesa de «destripar» al que piensa distinto, con los caprichos que chocan contra la Constitución y contra el erario, con los ideólogos que gobernarán detrás del empaque—. Y lo seguirá siendo desde mañana, porque el poder que llega merece vigilancia estricta. Pero hoy toca el otro lado del balance, y hay que hacerlo con la misma vara con la que en su momento dijimos que Iván Duque había fracasado: un gobierno se mide por su capacidad de reelegir su proyecto, y el progresismo no lo logró. Eso es un fracaso, por mucho que duela nombrarlo.
El fraude no es explicación: es coartada. Y lo demuestra el propio Petro de 2022, que ganó contra las mismas condiciones adversas que hoy se invocan como excusa, porque hizo campaña, conectó con la gente y supo a qué país le hablaba. Lo que cambió no fue el sistema: fue la actitud. En marzo, las curules del Pacto salieron a pelear cada voto y lograron la mejor votación de la izquierda en la historia del Congreso. En mayo y junio, la campaña presidencial se apagó. Un candidato que confesó preferir hacerla «con fotocopias», que esquivó debates y entrevistas, que leyó discursos sobre el pasado mientras el país pedía propuestas sobre el presente, y un partido que le cerró la puerta a cualquier alianza por pureza ideológica, no pierden por un algoritmo: pierden por decisiones propias, tomadas una a una y a plena luz.
Que Abelardo haya ganado sin alcanzar el 50% de los votos hace la derrota más elocuente todavía. Enfrente había un rival sin fuerza propia, que necesitó a los partidos tradicionales que juró combatir para poder ganar. Un adversario así se derrota con estrategia, con calle y con propuestas. La izquierda tenía la presidencia, la bancada más grande del Congreso y trece millones de votos potenciales, y aun así no pudo. Y lo más grave no es haber perdido: es que hoy, en lugar de sentarse a entender por qué, se dedican a buscar culpables afuera y a convocar a la gente a las calles. Pedirle al ciudadano que ponga el cuerpo por errores que uno no reconoce no es liderazgo: es trasladar la factura.
Colombia necesita una oposición fuerte durante los próximos cuatro años —una oposición técnica, creíble, capaz de vigilar de verdad a un gobierno que llega con las intenciones que este llega—. Y esa oposición no se construye sobre la negación. Se construye reconociendo que se falló en los nombramientos, que se abandonó la batalla comunicacional, que se eligió al peor candidato posible y que se confundió la pureza con la estrategia. Mientras la izquierda colombiana siga sin autocrítica, mientras entre sus propios canales solo haya elogio y ningún cuestionamiento, va a repetir el ciclo. La pregunta con la que cierra este balance no es para la derecha que ganó, sino para quienes hoy marchan: ¿el poder para qué? ¿Para qué sirvió el estallido social, si de él salió un gobierno que no supo gobernar y una izquierda que no supo defenderlo? Responder eso, con honestidad, es la única forma de que 2030 sea distinto.
Apuntes del análisis




