Las Prioridades del Presidente
Más de 285 muertos, miles de heridos y familias que todavía esperan noticias bajo los escombros. Empecemos por lo que hay que dejar claro: aquí nadie le puede cobrar un terremoto a un presidente. Eso es una tragedia natural, no se predice, simplemente sucedió. Pero la respuesta que le da el jefe del Estado a esa tragedia sí es política, y por lo tanto sí se analiza y sí se cuestiona. Y esa respuesta empezó con un gobierno que llegó a su primer día hábil sin empalme, porque él mismo lo suspendió.
Más de 285 muertos —cifra al momento de emitir este programa—, miles de heridos y familias que todavía esperan noticias de algún familiar bajo los escombros. Antes de empezar, el Cuadrante Alfa quiere ser muy claro. En este canal hicimos un programa que se llamó «La Necropolítica», donde criticamos a los políticos que utilizan las tragedias naturales para sacar réditos. Por eso lo decimos de frente: aquí nadie le puede cobrar un terremoto a un presidente. Esto es una tragedia natural, no se puede predecir, simplemente sucedió.
Pero hay una distinción que sí hay que hacer, y es toda la materia de este análisis: la respuesta que le da el jefe del Estado a esa tragedia sí es política, y por lo tanto sí se tiene que entrar a analizar y a cuestionar. Porque el lunes, cuando la tierra se movió, este gobierno llegaba a su primer día hábil sin empalme. Y mientras corrían las 72 horas decisivas, a unos países se les pusieron trabas y a otros se les llamó a primera hora. Esas fueron las prioridades del presidente.
La decisión que dejó al Estado a ciegas
El punto de partida es un hecho que conviene fijar bien, porque el relato oficial intenta correrlo de lugar. 06:06 Fue Abelardo de la Espriella quien suspendió el empalme en julio. Petro dijo que no reconocía su elección —eso es cierto y este espacio lo criticó en su momento—, pero Petro nunca dijo que por eso se suspendía el empalme: al contrario, sostuvo que el empalme se hacía. Lo que ocurrió es que el empalme iba a ser televisado, y eso era lo que no quería el equipo entrante, encabezado por el vicepresidente José Manuel Restrepo, que era quien lideraba y asistía a esas mesas.
En su reemplazo se anunciaron unos «empalmes regionales» y algo bautizado como «Arca de Noé» —con su connotación religiosa incluida—. El problema es sencillo: eso no existe en la legislación colombiana. No hay figura alguna que contemple que un gobierno electo se siente con alcaldes y gobernadores en lugar de recibir formalmente del gobierno saliente. Lo que existe es el empalme entre gobierno saliente y entrante. Y sin empalme no hay inventario de lo que se recibe, no se conoce el estado real de las entidades, no hay nombramientos firmados y no hay quién conteste el teléfono en medio de una tragedia.
La consecuencia es la que el programa formula sin rodeos: los caprichos del presidente empezaron a costar tiempo, y en una emergencia el tiempo son vidas. ¿Cuántas personas se habrían podido rescatar si el gobierno entrante hubiera tenido el conocimiento detallado de la Unidad de Gestión del Riesgo desde el primer minuto? Nadie puede saberlo con certeza, y por eso el programa no afirma un número. Pero la pregunta es legítima y es política, porque la decisión de no empalmar la tomó una persona con nombre propio.
La entidad que iban a recortar
Hay un agravante que el análisis destaca. 12:30 Este gobierno tenía presupuestado definir esa misma semana qué hacía con varias entidades, y la Unidad de Gestión del Riesgo estaba dentro del recorte estatal que Abelardo prometió en campaña. Por eso no habían nombrado director. El director saliente, que no podía irse porque no tenía a quién entregarle la unidad, siguió trabajando y atendiendo la emergencia —entregó balances públicos, se reunió con el nuevo gobierno y con el ministro Lara—. Es decir: la continuidad institucional la sostuvo un funcionario del gobierno anterior, precisamente por hacer lo que un servidor público debe hacer.
Quién ofreció ayuda y a quién le dijeron que no
Las primeras 72 horas después de un sismo son la ventana crítica: en esas horas se sabe quién está vivo bajo los escombros y si se puede rescatar. Y es ahí donde el contexto noticioso confirma, punto por punto, lo que denuncia el programa.
México: tenía preparadas toneladas de insumos y un contingente de 255 efectivos para búsqueda y rescate. La presidenta Claudia Sheinbaum confirmó que estaban listos, a la espera de una solicitud formal que no llegaba.
Los Topos: el reconocido grupo mexicano de rescate informó que las autoridades colombianas no permitirían el ingreso de grupos de rescate externos. Acataron la decisión y quedaron a la espera.
China: el embajador salió públicamente a preguntar con quién debía hablar para coordinar el envío de ayudas.
Otros: El Salvador y Chile también ofrecieron apoyo.
La versión oficial fue que las solicitudes se dirigieron exclusivamente a un pequeño grupo de países y que solo se aceptaría el apoyo de quienes pudieran garantizar equipos de búsqueda y rescate reconocidos internacionalmente; el canciller negó que hubiera criterios ideológicos o políticos. Pero el argumento se cae por su propio peso, y el programa lo señala: 22:28 México ha enviado rescatistas a decenas de países del mundo y tiene una de las trayectorias más reconocidas del planeta en atención de sismos. Si el criterio era la experiencia acreditada, México encabezaba la lista. Y aun así se le pidieron certificados adicionales a los que ya había presentado.
El programa además hace una precisión técnica importante que ayuda a ubicar responsabilidades: esos requisitos no los define la Unidad de Gestión del Riesgo, sino la Cancillería. Y el canciller se había posesionado a las pocas horas de asumir el presidente. Es decir, la decisión sobre a quién se le pide y a quién se le pone traba no fue un asunto técnico de la unidad operativa: fue una decisión de política exterior.
— Andrés Balaguera · Min 18:41
Ayuda militar donde se necesitaban brigadas de rescate
Aquí está el corazón del cuestionamiento. Mientras a unos se les ponían trabas y a otros ni siquiera se les respondía, hubo dos destinos a los que sí se llamó a primera hora: Estados Unidos e Israel. Y la ayuda que llegó no fue propiamente de rescatistas: fue ayuda militar. 18:41
Conviene precisar el alcance de la crítica, porque este espacio ha sido cuidadoso con esto y lo seguirá siendo: el cuestionamiento es a una decisión de política exterior del gobierno colombiano —a quién se le pide y a quién no, y con qué criterio— y a la naturaleza militar de la ayuda solicitada. No es un cuestionamiento a ningún pueblo, ni a ninguna religión, ni a las personas que integran esas misiones. La pregunta es sobre el Estado que decide, no sobre quienes obedecen la orden de venir.
Porque el punto de fondo es de sentido común humanitario: un terremoto se atiende con equipos especializados en búsqueda y rescate, con perros, con detectores, con estructuristas. No con soldados. La ayuda militar extranjera se justifica cuando el Estado no puede atender el orden interno, y ese no era el caso. Entonces la pregunta que deja el programa es la que abre la emisión: ¿quién le mete ideología a la respuesta estatal frente a esta tragedia? Porque si a China y a México se les dice que no, y a dos aliados militares se les dice que sí, el criterio no fue técnico.
Y el programa enlaza esto con el cuestionamiento de fondo que viene sosteniendo desde antes de la elección: la doble nacionalidad del presidente y el juramento de lealtad que ella implica. 26:41 Cuando el jefe de Estado coordina operaciones militares directamente con Washington y no con el Congreso colombiano, la pregunta sobre a quién le rinde cuentas deja de ser retórica. Es exactamente la advertencia que este canal hizo en «Trump Pierde en Irán y Apuesta en Colombia» y en la serie «La Neocolonia».
Lo cosmético por encima de lo urgente
Está también la dimensión del gesto, que en una tragedia importa más de lo que parece. El sismo ocurrió a las siete y media de la mañana del lunes. El presidente no pudo atender la emergencia desde la «capital alterna» de Barranquilla ni desde donde se encontraba: le tocó tomar el avión presidencial e irse a Bogotá, a la sede de la Unidad de Gestión del Riesgo. Esas horas fueron cruciales.
Y cuando llegó, dice el programa, no llegó a ponerse al tanto de la situación. 12:30 En una transmisión que estaba saliendo en cadena nacional, con los noticieros nacionales e internacionales pendientes de lo que iba a decir el nuevo presidente sobre la atención de la emergencia, lo primero que el país vio fueron saludos y gestos de campaña. Tanto que el propio vicepresidente Restrepo aparece visiblemente incómodo, cruzado de brazos, hasta que el funcionario técnico entra a dar las cifras. Ese fue el primer registro del gobierno atendiendo la tragedia.
A eso se suma el episodio de la posesión, cuando pidió detener el registro de la cámara del canal privado que transmitía para retocarse el maquillaje. El Cuadrante Alfa lo resume así: tenemos un presidente cosmético, más pendiente de la imagen que del contenido, todavía en modo campaña cuando ya está gobernando. Y «estar firmes por la patria» —el eslogan que lo llevó al poder— no es una frase para el maquillaje: es entender la institucionalidad, respetarla y trabajar para ella en búsqueda del interés general, no de amiguismos.
Un terremoto no se juzga; una respuesta sí
Empecemos por donde empezó el programa, porque es una cuestión de honestidad intelectual. Este espacio hizo una emisión entera —»La Necropolítica»— para criticar a quienes convierten las tragedias naturales en munición política, y no vamos a hacer hoy lo que ayer condenamos. A ningún presidente se le puede cobrar un sismo de magnitud 7,4. La tierra se movió el lunes y nadie lo pudo prever. Pero entre el hecho natural y la respuesta del Estado hay una frontera clara, y en esa frontera empieza la responsabilidad política. Lo que se juzga aquí no es el terremoto: es qué hizo y qué no hizo el jefe del Estado en las horas en que había gente viva bajo los escombros.
Y lo primero que hay que decir es que la falla no empezó el lunes: empezó en julio, cuando el presidente electo suspendió el empalme porque no quería que fuera televisado. Esa decisión —tomada por comodidad comunicacional, no por necesidad institucional— dejó al gobierno entrante sin inventario del Estado, sin nombramientos firmados y sin saber qué recibía. Lo confirmó, con una honestidad que se agradece, el propio director de la Unidad de Gestión del Riesgo: llegó a la emergencia sin empalme y sin tiempo para saber qué tenía en las manos. Que la continuidad de la respuesta la haya sostenido un funcionario del gobierno anterior, que se quedó porque no tenía a quién entregarle, dice todo sobre quién estaba cumpliendo su deber esa semana. El empalme no es un ritual protocolario: es el mecanismo por el cual un Estado no deja de funcionar cuando cambia de gobierno. Suspenderlo por capricho es apostar a que no pase nada. Pasó.
Lo segundo es más difícil de explicar todavía. Mientras corría la ventana crítica de 72 horas, la ONU decía que nadie le había pedido nada; el embajador de China preguntaba en público con quién hablar; México tenía 255 efectivos y toneladas de insumos listos, con la trayectoria de haber auxiliado a decenas de países, y recibía la exigencia de certificados adicionales; y Los Topos —posiblemente el cuerpo de rescate voluntario más respetado del continente— eran informados de que no se permitiría el ingreso de grupos externos. Pero a Estados Unidos e Israel se les llamó a primera hora, y lo que llegó no fueron brigadas de rescate: fue ayuda militar. Que quede claro el alcance de esta crítica, porque importa: se cuestiona la decisión de un gobierno sobre a quién le pide auxilio y con qué criterio, no a los pueblos ni a las creencias de nadie. Y esa decisión, se mire por donde se mire, no fue técnica. Si lo hubiera sido, México habría estado de primero en la lista.
Queda el asunto más grave, y es constitucional. El presidente no puede autorizar por su cuenta el ingreso o el tránsito de tropas extranjeras: necesita autorización del Senado. Que el país se entere de operaciones militares autorizadas por boca del secretario de guerra de otro país, y no por el gobierno colombiano, no es un descuido de comunicaciones: es la señal de un jefe de Estado que despacha con Washington lo que debería tramitar con el Congreso de la República. Una semana de gobierno bastó para confirmar lo que este espacio venía advirtiendo desde antes de la elección. Y mientras tanto, el primer registro que el país tuvo de su presidente atendiendo la emergencia fueron saludos a cámara y una pausa para retocarse el maquillaje. Estar firmes por la patria no es eso. Es entender la institucionalidad, respetarla y ponerla al servicio del interés general —sobre todo cuando hay familias esperando, todavía, noticias de los suyos—.
Apuntes del análisis




