La Posesión del Capricho
Abelardo de la Espriella perdió su primer pulso de poder y aún no se ha posesionado. El Senado eligió a Honorio Henríquez, la ficha de Uribe: 56 votos contra 45 de Deluque, el candidato del Tigre. Y ojo al detalle: Henríquez ganó con votos del Pacto Histórico. Petro dio la orden. Uribismo y petrismo, juntos contra el nuevo gobierno. Pero esto no es la pelea por una silla: es quién manda en la derecha desde el 7 de agosto. Y mientras tanto, un capricho insólito: el Tigre quiere posesionarse en una guarnición militar. ¿Cuánto cuesta ese capricho?
Abelardo de la Espriella perdió su primer pulso de poder y ni siquiera se ha posesionado todavía. El Senado eligió como su presidente a Honorio Henríquez, la ficha de Álvaro Uribe: 56 votos contra 45 de Alfredo Deluque, el candidato que tenía el guiño del Tigre. Y ojo al detalle, porque ahí está la noticia dentro de la noticia: Henríquez ganó con votos del Pacto Histórico. Petro dio la orden, instruyó a su bancada, «hay que votar por el que diga Uribe». Uribismo y petrismo, los dos polos que se pasaron cuatro años combatiéndose, juntos en una misma papeleta contra el nuevo gobierno.
Pero como lo dijimos hace ocho días en el programa anterior, esto no se trata de la pelea por una silla, por quién preside el Congreso. Se trata de quién entra a manejar la derecha desde el 7 de agosto. La pelea entre Abelardo y Uribe es, prácticamente, la del capo joven de la mafia que quiere desplazar, desaparecer, eliminar al capo viejo. Y mientras eso ocurre, el país discute algo insólito: que el presidente electo tiene el capricho de posesionarse en una guarnición militar. Aquí, en el Cuadrante Alfa, hacemos la pregunta que nadie se ha hecho: ¿cuánto cuesta ese capricho? Este programa lo hice solo —Mónica estaba atendiendo temas personales—, y lamentablemente con tres cortes de transmisión de por medio; al final vuelvo sobre eso.
56 a 45: la derecha oficialista pierde su primera votación
El dato es contundente y el contexto noticioso lo confirma con precisión. 00:22 En la instalación del nuevo Congreso, el 20 de julio, Honorio Henríquez —del Centro Democrático— fue elegido presidente del Senado con 56 votos, frente a 45 de Alfredo Deluque (La U) y un voto en blanco. Deluque era el candidato que el propio De la Espriella había respaldado en público. Es decir: la primera votación de la era del Tigre la perdió el Tigre, y antes siquiera de posesionarse.
Lo que hace histórica la jornada es la alianza que la definió. El triunfo de Henríquez fue posible por el respaldo del Centro Democrático más los votos del Pacto Histórico, que decidió apoyar al candidato del uribismo para frenar a De la Espriella. Y no lo hicieron en secreto: varios senadores del Pacto exhibieron su voto, mostraron la papeleta marcada. El propio Iván Cepeda enseñó su voto ante la bancada del Centro Democrático. El Pacto lo resumió sin rodeos en un comunicado: votaron así «contra Abelardo, contra el fascismo y sus abusos de poder»; en palabras que circularon, «derrotamos al Tigrillo».
Primera vicepresidencia: Manuel Virgüez (MIRA).
Segunda vicepresidencia: Alejo Ocampo (Pacto Histórico).
Presidente de la Cámara: Nicolás Barguil (Partido Conservador).
El propio Henríquez le bajó el tono a la alianza —»ni ellos ni nosotros hemos cedido en nuestras ideologías», dijo— y la enmarcó como una muestra de independencia del Legislativo. Pero la lectura política del Cuadrante Alfa es más cruda: cuando el uribismo y el petrismo, que son antípodas, coinciden en un voto, es porque ambos vieron en De la Espriella una amenaza mayor que la que representan el uno para el otro.
La verdadera pelea: quién manda en la derecha
Para entender el fondo hay que salirse de la silla del Senado. 24:10 Lo que se juega no es una presidencia del Congreso: es el control de todo un sector político desde el 7 de agosto. La imagen que usa el programa es la de la mafia: Uribe es el capo viejo que construyó y dominó la derecha durante veinte años; De la Espriella es el capo joven que quiere manejarla, y que —en el camino— buscaría desplazar y hasta desaparecer políticamente al viejo. La votación del Senado fue la primera bala de esa guerra, y la ganó el capo viejo.
El Cuadrante Alfa recuerda que esto no salió de la nada. Ya en junio de 2024, en un programa sobre «la retoma del poder», analizamos la «gran alianza republicana» que impulsó Iván Duque —quien puso su tanque de pensamiento a convocarla— como la piedra angular de la operación para recuperar la Casa de Nariño. 32:15 Allí anticipamos que iban a posesionar a un outsider; se hablaba de Vicky Dávila, e incluso mencionamos a Abelardo de la Espriella, señalando que ya tenía más reuniones con Uribe que el propio Duque. Dos años después, las piezas encajaron.
El juego de favores del que ya hablamos la semana pasada quedó confirmado en los hechos: Petro autorizó el traslado del hermano de Uribe, Santiago, a una guarnición militar; y la bancada de Petro terminó votando por el candidato de Uribe al Senado. Favor con favor se paga. La política real de Colombia, esa que ocurre por debajo de la mesa, volvió a imponerse sobre los discursos de campaña.
Un cuartel para posesionarse: cuánto cuesta y por qué no se puede
El segundo gran tema del programa es el capricho de la posesión. 01:37 De la Espriella quiere posesionarse en una guarnición militar. Se llegó a proponer trasladar la sesión del Congreso al Cauca —a Popayán—, pero Petro puso el freno: dijo que, mientras él siga siendo presidente, no dará la orden de prestar una guarnición militar para la posesión de un civil ante militares. Y ahí está la primera pregunta que nadie hace: ¿cuánto cuesta ese capricho?
Porque mover una posesión presidencial no es gratis. 01:45 Hay que mover todo el Congreso, las delegaciones internacionales, los invitados, el esquema de seguridad entero, toda la logística y la parafernalia a otro punto del país. Un gasto absurdamente desorbitante —dice el programa— y todo en nombre de la «patria austera», la «patria milagro» que tanto pregonó el Tigre en campaña. El primer capricho ya choca con el discurso; y no es el único: también flotó la idea de cambiar la capital de Colombia a Barranquilla. Caprichos que, uno tras otro, chocan con la Constitución.
- Ante el Congreso: es la regla general. El presidente toma posesión ante el Congreso reunido en pleno.
- Ante la Corte Suprema: si no pudiera ser ante el Congreso, se posesiona ante la Sala Plena de la Corte Suprema de Justicia.
- Ante dos testigos: si tampoco eso fuera posible, ante dos personas cualesquiera. Pero —subraya el programa— esto es excepcional: para guerra, pandemia o tragedia. No es el caso.
El punto constitucional es claro: no estamos en una excepción. 39:00 No hay guerra, ni pandemia, ni desastre natural que impida al Congreso sesionar el 7 de agosto a las cuatro de la tarde en el Capitolio, como siempre. Sacar la posesión a una guarnición militar no responde a una necesidad, sino a un gusto personal; y hacerlo dentro de un cuartel implica algo más grave —que un civil se posesione en un cargo civil ante las Fuerzas Armadas—, un gesto que tensiona la separación entre el poder civil y el militar. Además, mientras Abelardo no se posesione, el comandante supremo de las Fuerzas Armadas sigue siendo Gustavo Petro, y sin su autorización el cuartel no se presta. El propio Uribe, con su trino sobre el traslado de su hermano, reafirmó sin querer esa realidad: hasta el 7 de agosto, quien manda en lo militar es el presidente en ejercicio.
— Andrés Balaguera · Apertura del programa
Tres cortes, un chat que no se cae y una advertencia
Este programa tuvo un condimento inusual que merece quedar registrado. 05:45 La transmisión se cayó tres veces. Y no fue el internet —quedó descartado— ni la plataforma de streaming. El detalle que lo delata: cuando se caía el video, el acceso al chat seguía funcionando. Si fuera una falla de conexión o de la plataforma, se caería todo. Que caiga selectivamente la transmisión y no el chat apunta, según el análisis, a un intento deliberado de tumbar la emisión.
El Cuadrante Alfa lo asume con calma y lo dice de frente: hablar de los costos del poder, de los caprichos que rompen la institucionalidad y de quién gobierna de verdad detrás del empaque, incomoda. Que un espacio pequeño y libre de opinión reciba este tipo de tropiezos justo cuando toca esos temas es, cuando menos, llamativo. El programa está protegido y asesorado para resistirlo, y por eso pudo terminar pese a los cortes. Lo señalamos con claridad, porque la mejor defensa contra el intento de silenciar es hacerlo público.
El poder se estrena mostrando lo que será
Un gobierno se retrata en sus primeros gestos, y los del Tigre, antes incluso de posesionarse, ya dicen bastante. Perder la presidencia del Senado a manos de la ficha de Uribe, con votos de un Pacto Histórico que hasta ayer era su enemigo mortal, no es una anécdota parlamentaria: es la prueba de que la coalición que llega al poder no es un bloque, sino una jaula de fieras que se disputan el control. El capo viejo le ganó el primer asalto al capo joven, y lo hizo aliándose con quien fuera necesario. Que uribismo y petrismo —las dos orillas que polarizaron al país durante años— hayan coincidido en una misma papeleta debería hacernos pensar: cuando los adversarios de siempre se unen, es porque el recién llegado les resultó más peligroso que ellos entre sí. Esa es la primera radiografía del poder que viene.
El capricho de la guarnición militar es la segunda, y quizá la más reveladora. No es un detalle logístico: es un símbolo. Un hombre que hizo campaña con la bandera de la austeridad quiere estrenar la presidencia con el gasto desorbitante de mover el Congreso entero, las delegaciones y la seguridad a un cuartel, cuando el Capitolio está disponible y la Constitución dice con claridad que la posesión es ante el Congreso. La excepción de posesionarse en otro lugar existe para la guerra, la pandemia o el desastre —no para el gusto de aparecer rodeado de uniformes—. Y ahí está lo de fondo: posesionar a un civil, en un cargo civil, dentro de una guarnición militar, envía el mensaje de un poder que prefiere apoyarse en las armas antes que en las instituciones. En un país con la historia del nuestro, ese gesto no es cosmético: es una declaración de principios sobre dónde reside, para ellos, la autoridad.
Aquí no se hace porra de ningún lado, y hay que decir las cosas completas. Que Petro haya frenado el capricho invocando su condición de comandante supremo es constitucionalmente correcto, pero también es un último round de la misma pelea de egos que ha marcado toda la transición. Y que el Pacto celebre haber «derrotado al Tigrillo» aliándose con Uribe no lo convierte en adalid de la institucionalidad: lo muestra jugando el mismo ajedrez de favores de siempre —el traslado de un hermano por aquí, unos votos por allá—. La política real de Colombia sigue funcionando por debajo de la mesa, sin importar quién gane las elecciones. Lo diferente, esta vez, es que el proyecto que llega no oculta su incomodidad con la Constitución del 91, y eso obliga a estar más atentos que nunca.
Cerramos con lo que nos pasó a nosotros, porque también es parte de la historia. Que a un espacio pequeño y libre de opinión se le caiga tres veces la transmisión —y solo la transmisión, no el chat— justo mientras habla de los costos del capricho y de quién manda de verdad, no lo tomamos como simple casualidad. No nos van a callar. Seguiremos contando lo que vemos, con nombres y con datos, sin anteojeras de ningún lado, defendiendo una idea sencilla que a algunos parece incomodar: en una democracia, el poder se ejerce ante las instituciones y rinde cuentas a los ciudadanos, no se estrena en un cuartel ni se sostiene silenciando a quien pregunta cuánto cuesta el capricho. El 7 de agosto sabremos dónde y cómo se posesiona el Tigre. Y ahí, como siempre, estaremos.
Apuntes del análisis y la audiencia




